Un yanqui en la corte del rey Arturo
Un yanqui en la corte del rey Arturo A continuación envié a un ingeniero con cuarenta hombres a un punto justo al sur de nuestras líneas para que desviasen un arroyo de montaña y lo hiciesen pasar por nuestro sitio, de modo que en caso de emergencia pudiésemos utilizarlo inmediatamente. Se dividió a los cuarenta hombres en dos relevos, de veinte cada uno, que se sustituían cada dos horas. En el plazo de diez horas el trabajo estuvo terminado.
Cuando caía la noche retiré los vigías. El que había estado oteando el norte dio parte de un campamento que tan sólo podía ser detectado con la ayuda de prismáticos. También nos informó que varios caballeros habían estado explorando el terreno y que habían obligado a algunas cabezas de ganado a cruzar nuestras líneas, pero que ellos no se habían atrevido a acercarse. Era justamente lo que yo había anticipado. Nos estaban tanteando: querían saber si volveríamos a arrojar sobre ellos aquel terror rojo. Probablemente se mostrarían más audaces durante la noche. Creía saber ya lo que se proponían hacer, precisamente lo mismo que intentaría yo si me encontrase en su situación y fuese tan ignorante como ellos. Se lo comenté a Clarence.
-Creo que tenéis razón -dijo-; sería el curso de acción más obvio.
-Pues bien -dije-, si lo intentan, están perdidos.
-Ya lo creo.
-No tendrán ni la más mínima oportunidad.