Abel Sánchez
Abel Sánchez —SÃ, no sé qué mal te ha hecho…
—En primer lugar, hijo mÃo, no hace falta que le hayan hecho a uno mal alguno para tenerle tirria. Cuando se le tiene a uno tirria, es fácil inventar ese mal, es decir, figurarse uno que se lo han hecho… Y yo no le tengo a don Leovigildo más tirria que a otro cualquiera. Es un hombre y basta. ¡Y un hombre honrado!
—Como tú eres un misántropo profesional… —empezó el diputado provincial.
—El hombre es el bicho más podrido y más indecente, ya os lo he dicho cien veces. Y el hombre honrado es el peor de los hombres.
—¡Anda, anda!, ¿qué dices a eso tú, que hablabas el otro dÃa del polÃtico honrado refiriéndote a don Leovigildo? —le dijo León Gómez al diputado.
—¡PolÃtico honrado! —saltó Federico—. ¡Eso sà que no!
—¿Y por qué? —preguntaron tres a coro.
—¿Que por qué? Porque lo ha dicho él mismo. Porque tuvo en un discurso la avilantez de llamarse a sà mismo honrado. No es honrado declararse tal. Dice el Evangelio que Cristo Nuestro Señor…
—¡No mientes a Cristo, te lo suplico! —le interrumpió JoaquÃn.
—¿Qué, te duele también Cristo, hijo mÃo?
Hubo un breve silencio, oscuro y frÃo.