Abel Sánchez
Abel Sánchez —Dijo Cristo Nuestro Señor —recalcó Federico— que no le llamaran bueno, que bueno era sólo Dios. Y hay cochinos cristianos que se atreven a llamarse a sà mismos honrados.
—Es que honrado no es precisamente bueno, intercaló don Vicente, el magistrado.
—Ahora lo ha dicho usted, don Vicente. ¡Y gracias a Dios que le oigo a un magistrado alguna sentencia razonable y justa!
—De modo —dijo JoaquÃn— que uno no debe confesarse honrado. ¿Y pillo?
—No hace falta.
—Lo que quiere el señor Cuadrado —dijo don Vicente, el magistrado— es que los hombres se confiesen bellacos y sigan siéndolo, ¿no es eso?
—¡Bravo! —exclamó el diputado provincial.
—Le diré a usted, hijo mÃo —contestó Federico, pensando la respuesta—. Usted debe saber cuál es la excelencia del sacramento de la confesión en nuestra sapientÃsima Madre Iglesia…
—Alguna otra barbaridad —interrumpió el magistrado.
—Barbaridad, no, sino muy sabia institución. La confesión sirve para pecar más tranquilamente, pues ya sabe uno que le ha de ser perdonado su pecado. ¿No es asÃ, JoaquÃn?
—Hombre, si uno no se arrepiente…