Abel Sánchez
Abel Sánchez Andaba por la ciudad un pobre hombre necesitado, aragonés, padre de cinco hijos y que se ganaba la vida como podÃa, de escribiente y a lo que saliera. El pobre acudÃa con frecuencia a conocidos y amigos, si es que un hombre asà los tiene, pidiéndoles con mil pretextos que le anticiparan dos o tres duros. Y lo que era más triste, mandaba a alguno de sus hijos, y alguna vez a su mujer, a las casas de los conocidos con cartitas de petición. JoaquÃn le habÃa socorrido algunas veces, sobre todo cuando le llamaba a que viese, como médico, a personas de su familia. Y hallaba un singular alivio en socorrer a aquel pobre hombre. Adivinaba en él una vÃctima de la maldad humana.
Preguntóle una vez por él a Abel.
—SÃ, le conozco —le dijo éste—, y hasta le tuve algún tiempo empleado. Pero es un haragán, un vago. Con el pretexto de que tiene que ahogar sus penas, no deja de ir ningún dÃa al café, aunque en su casa no se encienda la cocina. Y no le faltará su cajetilla de cigarros. Tiene que convertir sus pesares en humo.
—Eso no es decir nada, Abel. HabrÃa que ver el caso por dentro…
