Abel Sánchez
Abel Sánchez —Maestro —le preguntó un dÃa AbelÃn—, ¿por qué no recoge usted todas esas observaciones dispersas, todas esas notas y apuntes que me ha enseñado y escribe un libro? SerÃa interesantÃsimo y de mucha enseñanza. Hay cosas hasta geniales, de una extraordinaria sagacidad cientÃfica.
—Pues mira, hijo (que asà solÃa llamarle) —le respondió—, yo no puedo, no puedo… No tengo humor para ello, me faltan ganas, coraje, serenidad, no sé qué…
—Todo serÃa ponerse a ello…
—SÃ, hijo, todo serÃa ponerse a ello, pero cuantas veces lo he pensado no he llegado a decidirme. ¡Ponerme a escribir un libro…, y en España… y sobre Medicina…! No vale la pena. CaerÃa en el vacÃo…
—No, el de usted no, maestro, se lo respondo.
—Lo que yo debÃa haber hecho es lo que tú has de hacer: dejar esta insoportable clientela y dedicarte a la investigación pura, a la verdadera ciencia, a la fisiologÃa, a la histologÃa, a la patologÃa y no a los enfermos de pago. Tú que tienes alguna fortuna, pues los cuadros de tu padre han debido dártela, dedÃcate a eso.
—Acaso tenga usted razón, maestro; pero ello no quita para que usted deba publicar sus memorias de clÃnico.