Abel Sánchez
Abel Sánchez —Mentira, Antonia; te digo que eso es mentira. Las más de las que van monjas, o van a trabajar poco, a pasar una vida pobre, pero descansada, a sestear mÃsticamente o van huyendo de casa, y nuestra hija huye de casa, huye de nosotros.
—Será de ti…
—¡SÃ, huye de mÃ! ¡Me ha adivinado!
—Y ahora que le has cobrado ese apego a ese…
—¿Quieres decirme que huye de él?
—No sino de tu nuevo capricho…
—¿Capricho?, ¿capricho?, ¿capricho dices? Yo seré todo menos caprichoso, Antonia. Yo tomo todo en serio, todo, ¿lo entiendes?
—SÃ, demasiado en serio —agregó la mujer llorando.
—Vamos, no llores asÃ, Antonia, mi santa, mi ángel bueno, y perdóname si he dicho algo…
—No es peor lo que dices, sino lo que callas.
—¡Pero, por Dios, Antonia, por Dios, haz que nuestra hija no nos deje; que si se va al convento, me mata, sÃ, me mata, porque me mata! Que se quede, que yo haré lo que ella quiera… que si quiere que le despache a AbelÃn, le despacharé…
—Me acuerdo cuando decÃas que te alegrabas de que no tuviéramos más que una hija, porque asà no tenÃamos que repartir el cariño…
—¡Pero si no lo reparto!