Abel Sánchez
Abel Sánchez —El padre EchevarrÃa.
—¡El que me confesaba a mÃ!
—¡El mismo!
Quedóse JoaquÃn mustio y cabizbajo, y al dÃa siguiente, llamando a solas a su mujer, le dijo:
—Creo haber penetrado en los motivos que empujan a Joaquina al claustro, o mejor, en los motivos porque le induce el padre EchevarrÃa a que entre en él. ¿Tú recuerdas cómo busqué refugio y socorro en la Iglesia contra esta maldita obsesión que me embarga el ánimo todo, contra este despecho que con los años se hace más viejo, es decir, más duro y más terco, y cómo, después de los mayores esfuerzos, no pude lograrlo? No, no me dio remedio el padre EchevarrÃa, no pudo dármelo. Para este mal no hay más que un remedio, uno solo.
Callóse un momento como esperando una pregunta de su mujer, y como ella callara, prosiguió diciéndole:
—Para ese mal no hay más remedio que la muerte. Quién sabe… Acaso nacà con él y con él moriré. Pues bien, ese padrecito que no pudo remediarme ni reducirme, empuja ahora, sin duda, a mi hija, a tu hija, a nuestra hija, al convento, para que en él ruegue por mÃ, para que se sacrifique salvándome…
—Pero si no es sacrificio…, si dice que es su vocación…