Abel Sánchez
Abel Sánchez —Pues bueno —exclamó JoaquÃn como quien se decide—, tú vas al convento para salvarme, ¿no es eso?
—Acaso no andes lejos de la verdad.
—¿Y salvarme de qué?
—No lo sé bien.
—¡Lo sabré yo…! ¿De qué?, ¿de quién?
—¿De quién, padre, de quién? Pues del demonio o de ti mismo.
—¿Y tú qué sabes?
—Por Dios, JoaquÃn, por Dios —suplicó la madre con lágrimas en la voz, llena de miedo ante la mirada y el tono de su marido.
—Déjanos, mujer, déjanos, déjanos, a ella y a mÃ. ¡Esto no te toca!
—¿Pues no ha de tocarme? Pero si es mi hija…
—¡La mÃa! Déjanos, ella es una Monegro, yo soy un Monegro; déjanos. Tú no entiendes, tú no puedes entender estas cosas…
—Padre, si trata asà a mi madre delante mÃo, me voy. No llores, mamá.
—¿Pero tú crees, hija mÃa…?
—Lo que yo creo y sé es que soy tan hija suya como tuya.
—¿Tanto?
—Acaso más.