Abel Sánchez
Abel Sánchez —No digáis esas cosas, por Dios —exclamó la madre llorando—, si no me voy.
—SerÃa lo mejor —añadió la hija—. A solas nos verÃamos mejor las caras, digo, las almas, nosotros, los Monegro.
La madre besó a la hija y se salió.
—Y bueno —dijo frÃamente el padre, asà que se vio a solas con su hija—, ¿para salvarme de qué o de quién te vas al convento?
—Pues bien, padre, no sé de quién, no sé de qué, pero hay que salvarte. Yo no sé lo que anda por dentro de esta casa, entre tú y mi madre, no sé lo que anda dentro de ti, pero es algo malo…
—¿Eso te lo ha dicho el padrecito ése?
—No, no me lo ha dicho el padrecito; no ha tenido que decÃrmelo; no me lo ha dicho nadie, sino que lo he respirado desde que nacÃ. ¡AquÃ, en esta casa, se vive como en tinieblas espirituales!
—Bah, ésas son cosas que has leÃdo en tus libros…
—Como tú has leÃdo otras en los tuyos. ¿O es que crees que sólo los libros que hablan de lo que hay dentro del cuerpo, esos libros tuyos con esas láminas feas, son los que enseñan la verdad?
—Y bien, esas tinieblas espirituales que dices, ¿qué son?