Abel Sánchez
Abel Sánchez Los novios comprendiéronse muy pronto y se cobraron cariño. En Ãntimas conversaciones conociéronse sendas vÃctimas de sus hogares, de dos ámbitos tristes, de frÃvola impasibilidad el uno, de la helada pasión oculta el otro. Buscaron el apoyo en Antonia, en la madre de ella. TenÃan que encender un hogar, un verdadero hogar, un nido de amor sereno que vive en sà mismo, que no espÃa los otros amores, un castillo de soledad amorosa, y unir en él a las dos desgraciadas familias. Le harÃan ver a Abel, al pintor, que la vida Ãntima del hogar es la sustancia imperecedera de que no es sino resplandor, cuando no sombra, el arte; a Helena, que la juventud perpetua está en el alma que sabe hundirse en la corriente viva del linaje, en el alma de la familia; a JoaquÃn, que nuestro nombre se pierde con nuestra sangre, pero para recobrarse en los nombres y en las sangres de los que las mezclan a los nuestros; a Antonia no tenÃan que hacerle ver nada, porque era una mujer nacida para vivir y revivir en la dulzura de la costumbre.
JoaquÃn sentÃa renacerse. Hablaba con emoción de cariño de su antiguo amigo, de Abel, y llegó a confesar que fue una fortuna que le quitase toda esperanza respecto a Helena.