Abel Sánchez
Abel Sánchez —Pues bien —le decÃa una vez a solas a su hija—; ahora que todo parece tomar otro cauce, te lo diré. Yo querÃa a Helena, o por lo menos creÃa quererla, y la solicité sin conseguir nada de ella. Porque, eso sÃ, la verdad, jamás me dio la menor esperanza. Y entonces la presenté a Abel, al que será tu suegro…, tu otro padre, y al punto se entendieron. Lo que tomé yo por menosprecio, una ofensa… ¿Qué derecho tenÃa yo a ella?
—Es verdad eso, pero asà sois los hombres.
—Tienes razón, hija mÃa, tienes razón. He vivido como loco, rumiando ésa que estimaba una ofensa, una traición…
—¿Nada más, papá?
—¿Cómo nada más?
—¿No habÃa nada más que eso, nada más?
—¡Que yo sepa… no!
Y al decirlo, el pobre hombre se cerraba los ojos hacia adentro y no lograba contener al corazón.
—Ahora os casaréis —continuó— y viviréis conmigo, sÃ, viviréis conmigo, y haré de tu marido, de mi nuevo hijo, un gran médico, un artista de la Medicina, todo un artista que pueda igualar siquiera la gloria de su padre.
—Y él escribirá, papá, tu obra, pues asà me lo ha dicho.
—SÃ, la que yo no he podido escribir…