Abel Sánchez
Abel Sánchez Y a la vez que escribÃa esta Confesión, preparaba, por si esta marrase, otra obra que serÃa la puerta de entrada de su nombre en el panteón de los ingenios inmortales de su pueblo y casta. TitularÃase Memorias de un médico viejo y serÃa la mies del saber del mundo, mies de pasiones, de vida, de tristeza y alegrÃas, hasta de crÃmenes ocultos, que habÃa cosechado de la práctica de su profesión de médico. Un espejo de la vida, pero de las entrañas, y de las más negras, de ésta; una bajada a las simas de la vileza humana; un libro de alta literatura y de filosofÃa acibarada a la vez. Allà pondrÃa toda su alma sin hablar de sà mismo; allÃ, para desnudar las almas de los otros, desnudarÃa la suya; allà se vengarÃa del mundo vil en que habÃa tenido que vivir. Y las gentes, al verse asÃ, al desnudo, admirarÃan primero y quedarÃan agradecidas después al que las desnudó. Y allÃ, cambiando los nombres a guisa de ficción, harÃa el retrato que para siempre habrÃa de quedar de Abel y de Helena. Y su retrato valdrÃa por todos los que Abel pintara. Y se regodeaba a solas pensando que si él acertaba aquel retrato literario de Abel Sánchez, le habrÃa de inmortalizar a este más que todos sus propios cuadros, cuando los comentaristas y eruditos del porvenir llegasen a descubrir bajo el débil velo de la ficción, al personaje histórico. «SÃ, Abel, sà —se decÃa JoaquÃn a sà mismo—, la mayor coyuntura que tienes de lograr eso por lo que tanto has luchado, por lo único que has luchado, por lo único que te preocupas, por lo que me despreciaste siempre o, aun peor, no hiciste caso de mÃ, la mayor coyuntura que tienes de perpetuarte en la memoria de los venideros, no son tus cuadros, ¡no!, sino es que yo acierte a pintarte con mi pluma tal y como eres. Y acertaré, acertaré porque te conozco, porque te he sufrido, porque has pesado toda mi vida sobre mÃ. Te pondré para siempre en el rollo, y no serás Abel Sánchez, no, sino el nombre que yo te dé. Y cuando se hable de ti como pintor de tus cuadros dirán las gentes: "¡Ah, sÃ, el de JoaquÃn Monegro!" Porque serás de este modo mÃo, mÃo, y vivirás lo que mi obra viva, y tu nombre irá por los suelos, por el fango, a rastras del mÃo, como van arrastrados por el Dante los que colocó en el Infierno. Y serás la cifra del envidioso».