Abel Sánchez
Abel Sánchez «Mi vida, hija mÃa —escribÃa en la Confesión—, ha sido un arder continuo, pero no la habrÃa cambiado por la de otro. He odiado como nadie, como ningún otro ha sabido odiar, pero es que he sentido más que los otros la suprema injusticia de los cariños del mundo y de los favores de la fortuna. No, no, aquello que hicieron conmigo los padres de tu marido no fue humano ni noble; fue infame, pero fue peor, mucho peor, lo que me hicieron todos, todos los que encontré desde que, niño aún y lleno de confianza, busqué el apoyo y el amor de mis semejantes. ¿Por qué me rechazaban? ¿Por qué me acogÃan frÃamente y como obligados a ello? ¿Por qué preferÃan al ligero, al inconstante, al egoÃsta? Todos, todos me amargaron la vida. Y comprendà que el mundo es naturalmente injusto y que yo no habÃa nacido entre los mÃos. Ésta fue mi desgracia, no haber nacido entre los mÃos. La baja mezquindad, la vil ramplonerÃa de los que me rodeaban, me perdió».