Abel Sánchez
Abel Sánchez Y vino al mundo el hijo de Abel y de Joaquina, en quien se mezclaron las sangres de Abel Sánchez y de JoaquÃn Monegro.
La primer batalla fue la del nombre que habÃa de ponérsele; su madre querÃa que JoaquÃn; Helena, que Abel, y Abel su hijo, AbelÃn y Antonia remitieron la decisión a JoaquÃn, que serÃa quien le diese nombre. Y fue un combate en el alma de Monegro. Un acto tan sencillo como es dar nombre a un hombre nuevo, tomaba para él tamaño de algo agorero, de un sortilegio fatÃdico. Era como si se decidiera el porvenir del nuevo espÃritu.
«JoaquÃn —se decÃa éste—, JoaquÃn, sÃ, como yo, y luego será JoaquÃn S. Monegro y hasta borrará la ése, la ése a que se le reducirá ese odioso Sánchez, y desaparecerá su nombre, el de su hijo, y su linaje quedará anegado en el mÃo… Pero ¿no es mejor que sea Abel Monegro, Abel S. Monegro, y se redima asà el Abel? Abel es su abuelo, pero Abel es también su padre, mi yerno, mi hijo, que ya es mÃo, un Abel mÃo, que he hecho yo. ¿Y qué más da que se llame Abel si él, el otro, su otro abuelo, no será Abel ni nadie le conocerá por tal, sino será como yo le llame en las Memorias, con el nombre con que yo le marque en la frente con fuego? Pero no».
Y, mientras asà dudaba, fue Abel Sánchez, el pintor, quien decidió la cuestión, diciendo:
