Abel Sánchez
Abel Sánchez —Eso sÃ, sea lo que fuere, pero arte, no. Esto es arte, esto; estos dibujos que dentro de media hora romperá nuestro nieto.
—¿Y si yo los guardase? —preguntó JoaquÃn.
—¿Guardarlos? ¿Para qué?
—Para tu gloria. He oÃdo de no sé qué pintor de fama que se han publicado los dibujos que les hacÃa, para divertirlos, a sus hijos, y que son lo mejor de él.
—Yo no los hago para que los publiquen luego, ¿entiendes? Y en cuanto a eso de la gloria, que es una de tus reticencias, JoaquÃn, sábete que no se me da un comino de ella.
—¡Hipócrita! Si es lo único que de veras te preocupa…
—¿Lo único? Parece mentira que me lo digas ahora. Hoy lo que me preocupa es este niño. ¡Y será un gran artista!
—Que herede tu genio, ¿no?
—¡Y el tuyo!
El niño miraba sin comprender el duelo entre sus dos abuelos, pero adivinando algo en sus actitudes.
—¿Qué le pasa a mi padre —preguntaba a JoaquÃn su yerno—, que está chocho con el nieto, él que apenas nunca me hizo caso? Ni recuerdo que siendo yo niño me hiciese esos dibujos…