Abel Sánchez
Abel Sánchez —Es que vamos para viejos, hijo —le respondió JoaquÃn— y la vejez enseña mucho.
—Y hasta el otro dÃa, a no sé qué pregunta del niño, le vi llorar. Es decir, le salieron las lágrimas. Las primeras que le he visto.
—¡Bah! ¡Eso es cardiaco!
—¿Cómo?
—Que tu padre está ya gastado por los años y el trabajo y por el esfuerzo de la inspiración artÃstica y por las emociones, que tiene muy mermadas las reservas del corazón y que el mejor dÃa…
—¿Qué?
—Os da, es decir, nos da un susto. Y me alegro que haya llegado ocasión de decÃrtelo, aunque ya pensaba en ello. Adviérteselo a Helena, a tu madre.
—SÃ, él se queja de fatiga, de disnea, ¿será…?
—Eso es. Me ha hecho que le reconozca sin saberlo tú, y le he reconocido. Necesita cuidado.