Abel Sánchez
Abel Sánchez —¡Mentira, mentira y mentira! Jamás me ha oÃdo ni me oirá nada en desprestigio tuyo.
—SÃ, pero basta con lo que le engatusas.
—¿Y crees tú que por irme yo, por quitarme yo de en medio habÃa de quererte? Si a ti, JoaquÃn, aunque uno se proponga no puede quererte… Si rechazas a la gente…
—Lo ves, lo ves…
—Y si el niño no te quiere como tú quieres ser querido, con exclusión de los demás o más que a ellos, es que presiente el peligro, es que teme…
—¿Y qué teme? —preguntó JoaquÃn, palideciendo.
—El contagio de tu mala sangre.
Levantóse entonces JoaquÃn, lÃvido, se fue a Abel y le puso las dos manos, como dos garras, en el cuello; diciendo:
—¡Bandido!
Mas al punto las soltó. Abel dio un grito, llevándose las manos al pecho, suspitó un «¡Me muero!» y dio el último respiro. JoaquÃn se dijo: «¡El ataque de angina; ya no hay remedio; se acabó!».
En aquel momento oyó la voz del nieto que llamaba: «¡Abuelito! ¡Abuelito!». JoaquÃn se volvió: