Abel Sánchez
Abel Sánchez —¿A quién llamas? ¿A qué abuelo llamas? ¿A mÃ? —y como el niño callara lleno de estupor ante el misterio que veÃa—: Vamos, di, ¿a qué abuelo? ¿A mÃ?
—No, al abuelito Abel.
—¿A Abel? Ahà lo tienes…, muerto. ¿Sabes lo que es eso? Muerto.
Después de haber sostenido en la butaca en que murió el cuerpo de Abel, se volvió JoaquÃn al nieto y con voz de otro mundo le dijo:
—¡Muerto, sÃ! Y le he matado yo, yo, ha matado a Abel CaÃn, tu abuelo CaÃn. Mátame ahora si quieres. Me querÃa robarte; querÃa quitarme tu cariño. Y me lo ha quitado. Pero él tuvo la culpa, él.
Y rompiendo a llorar, añadió:
—¡Me querÃa robarte a ti, a ti, al único consuelo que le quedaba al pobre CaÃn! ¿No le dejarán a CaÃn nada? Ven acá, abrázame.
El niño huyó sin comprender nada de aquello, como se huye de un loco.
Huyó llamando a Helena:
—¡Abuela, abuela!
—Le he matado, sà —continuó JoaquÃn solo—; pero él me estaba matando; hace más de cuarenta años que me estaba matando. Me envenenó los caminos de la vida con su alegrÃa y con sus triunfos. QuerÃa robarme el nieto…