Abel Sánchez
Abel Sánchez —¡No digas eso!
—Sà lo digo, lo tengo que decir, y lo digo aquÃ, delante de todos. No te he querido. Si te hubiera querido me habrÃa curado. No te he querido. Y ahora me duele no haberte querido. Si pudiéramos volver a empezar…
—¡JoaquÃn! ¡JoaquÃn! —clamaba desde el destrozado corazón la pobre mujer—. No digas esas cosas. Ten piedad de mÃ, ten piedad de tus hijos, de tu nieto que te oye, y que, aunque parece no entenderte, acaso mañana…
—Por eso lo digo, por piedad. No, no te he querido; no he querido quererte. ¡Si volviésemos a empezar! Ahora, ahora es cuando…
No le dejó acabar su mujer, tapándole la moribunda boca con su boca y como si quisiera recoger en el propio su último aliento.
—Esto te salva, JoaquÃn.
—¿Salvarme? ¿Y a qué llamas salvarse?
—Aún puedes vivir unos años, si lo quieres.