Abel Sánchez
Abel Sánchez —No hay de qué —dijo Abel.
—Di que sÃ, arrÃmate al abuelo —le dijo su madre.
—¡SÃ! —susurró el niño.
—Di claro, hijo mÃo, di si me perdonas.
—SÃ.
—AsÃ, sólo de ti, sólo de ti, que no tienes todavÃa uso de razón, de ti, que eres inocente, necesito perdón. Y no olvides a tu abuelo Abel, al que te hacÃa los dibujos. ¿Le olvidarás?
—¡No!
—No, no le olvides, hijo mÃo, no le olvides. Y tú, Helena…
Helena, la vista en el suelo, callaba.
—Y tú, Helena…
—Yo, JoaquÃn, te tengo hace tiempo perdonado.
—No te pedÃa eso. Sólo quiero verte junto a Antonia. Antonia…
La pobre mujer, henchidos de lágrimas los ojos, se echó sobre la cabeza de su marido, y como queriendo protegerla.
—Tú has sido aquà la vÃctima. No pudiste curarme, no pudiste hacerme bueno…
—Pero si lo has sido, JoaquÃn… ¡Has sufrido tanto!…
—SÃ, la tisis del alma. Y no pudiste hacerme bueno porque no te he querido.