Abel Sánchez
Abel Sánchez —Se me murió teniéndole yo en mis manos, cogido del cuello. Aquello fue como un sueño. Toda mi vida ha sido un sueño. Por eso ha sido como una de esas pesadillas dolorosas que nos caen encima poco antes de despertar, al alba, entre el sueño y la vela. No he vivido ni dormido…, ¡ojalá!, ni despierto. No me acuerdo ya de mis padres, no quiero acordarme de ellos y confÃo en que ya muertos me hayan olvidado. ¿Me olvidará también Dios? SerÃa lo mejor, acaso, el eterno olvido. ¡Olvidadme, hijos mÃos!
—¡Nunca! —exclamó Abel, yendo a besarle la mano.
—¡Déjala! Estuvo en el cuello de tu padre al morir éste. ¡Déjala! Pero no me dejéis. Rogad por mÃ.
—¡Padre, padre! —suplicó la hija.
—¿Por qué he sido tan envidioso, tan malo? ¿Qué hice para ser as� ¿Qué leche mamé? ¿Era un bebedizo de odio? ¿Ha sido un bebedizo de sangre? ¿Por qué nacà en tierra de odios? En tierra en que el precepto parece ser: «Odia a tu prójimo como a ti mismo». Porque he vivido odiándome; porque aquà todos vivimos odiándonos. Pero… traed al niño.
—¡Padre!
—¡Traed al niño!
Y cuando el niño llegó le hizo acercarse.
—¿Me perdonas? —le preguntó.