Abel Sánchez
Abel Sánchez —SÃ, eso me ha dicho —repitió Abel, descansando la diestra sobre el tiento que apoyaba en el lienzo, y mirando fijamente a Helena, como queriendo adivinar el sentido de algún rasgo de su cara.
—Pues si se empeña…
—¿Qué…?
—Que acabará por conseguir que me enamore de algún otro…
Aquella tarde no pintó ya más Abel. Y salieron novios.