Abel Sánchez
Abel Sánchez —Ten compasión de mÃ, Abel, ten compasión. Ve que todos me miran de reojo, ve que todos son obstáculos para mÃ… Tu eres joven, afortunado, mimado; te sobran las mujeres… Dejame a Helena, mira que no sabré dirigirme a otra… Déjame a Helena…
—Pero si ya te la dejo…
—Haz que me oiga; haz que me conozca; haz que sepa que muero por ella, que sin ella no viviré…
—No la conoces…
—¡SÃ, os conozco! Pero, por Dios, júrame que no has de casarte con ella…
—¿Y quién ha hablado de casamiento?
—¿Ah, entonces es por darme celos nada más? Si ella no es más que una coqueta… peor que una coqueta, una…
—¡Cállate! —rugió Abel y fue tal el rugido, que JoaquÃn se quedó callado, mirándole.
—Es imposible, JoaquÃn; ¡contigo no se puede! ¡Eres imposible!
Y Abel marchóse.