Abel Sánchez
Abel Sánchez «Pasé una noche horrible —dejó escrito en su Confesión JoaquÃn— volviéndome a un lado y otro de la cama, mordiendo a ratos la almohada, levantándome a beber agua del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A ratos me amodorraba en sueños acerbos. Pensaba matarles y urdÃa mentalmente, como si se tratase de un drama o de una novela que iba componiendo, los detalles de mi sangrienta venganza, y tramaba diálogos con ellos. ParecÃame que Helena habÃa querido afrentarme y nada más, que habÃa enamorado a Abel por menosprecio a mÃ, pero que no podÃa, montón de carne al espejo, querer a nadie. Y la deseaba más que nunca y con más furia que nunca. En alguna de las interminables modorras de aquella noche me soñé poseyéndola y junto al cuerpo frÃo e inerte de Abel. Fue una tempestad de malos deseos, de cóleras, de apetitos sucios, de rabia. Con el dÃa y el cansancio de tanto sufrir volvióme la reflexión, comprendà que no tenÃa derecho alguno a Helena, pero empecé a odiar a Abel con toda mi alma y a proponerme a la vez ocultar ese odio, abonarlo, criarlo, cuidarlo en lo recóndito de las entrañas de mi alma. ¿Odio? Aún no querÃa darle su nombre, ni querÃa reconocer que nacÃ, predestinado, con su masa y con su semilla. Aquella noche nacà al infierno de mi vida».