Abel Sánchez
Abel Sánchez Al anunciar Abel a JoaquÃn su casamiento, este dijo:
—Asà tenÃa que ser. Tal para cual.
—Pero bien comprendes…
—SÃ, lo comprendo, no me creas un demente o un furioso; lo comprendo, está bien, que seáis felices… Yo no lo podré ser ya…
—Pero, JoaquÃn, por Dios, por lo que más quieras…
—Basta y no hablemos más de ello. Haz feliz a Helena y que ella te haga feliz… Os he perdonado ya…
—¿De veras?
—SÃ, de veras. Quiero perdonaros. Me buscaré mi vida.
—Entonces me atrevo a convidarte a la boda, en mi nombre…
—Y en el de ella, ¿eh?
—SÃ, en el de ella también.
—Lo comprendo. Iré a realzar vuestra dicha. Iré.
Como regalo de boda mandó JoaquÃn a Abel un par de magnÃficas pistolas damasquinadas, como para un artista.
—Son para que te pegues un tiro cuando te canses de mà —le dijo Helena a su futuro marido.
—¡Qué cosas tienes, mujer!
