Abel Sánchez
Abel Sánchez —¿Qué? ¿Te pesa? Pues por mÃ… Aunque si aún me dejases ahora, ahora que estoy comprometida y todas saben que eres mi novio oficial y que me vas a pedir un dÃa de éstos, no por eso buscarÃa a JoaquÃn, ¡no! ¡Menos que nunca! Me sobrarÃan pretendientes, asÃ, como los dedos de las manos —y levantaba sus dos largas manos, de abusados dedos, aquellas manos que con tanto amor pintara Abel, y sacudÃa los dedos, como si revolotearan.
Abel le cogió las dos manos en las recias suyas, se las llevó a la boca y las besó alargadamente. Y luego en la boca…
—¡Estáte quieto, Abel!
—Tienes razón, Helena, no vamos a turbar nuestra felicidad pensando en lo que sienta y sufra por ella el pobre JoaquÃn…
—¿Pobre? ¡No es más que un envidioso!
—Pero hay envidias, Helena…
—¡Que se fastidie!
Y después de una pausa llena de un negro silencio:
—Por supuesto, le convidaremos a la boda…
—¡Helena!
—¿Y qué mal hay en ello? Es mi primo, tu primer amigo, a él debemos el habernos conocido. Y si no le convidas tú, le convidaré yo. ¿Que no va? ¡Mejor! ¿Qué va? ¡Mejor que mejor!