Abel Sánchez
Abel Sánchez »Fui a la boda con el alma escarchada de odio, el corazón garapiñado en hielo agrio pero sobrecogido de un mortal terror, temiendo que al oÃr el sà de ellos, el hielo se me resquebrajara y hendido el corazón quedase allà muerto o imbécil. Fui a ella como quien va a la muerte. Y lo que me ocurrió fue más mortal que la muerte misma; fue peor, mucho peor que morirse. Ojalá me hubiese entonces muerto allÃ.
»Ella estaba hermosÃsima. Cuando me saludó sentà que una espada de hielo, de hielo dentro del hielo de mi corazón, junto a la cual aún era tibio el mÃo, me lo atravesaba; era la sonrisa insolente de su compasión. "¡Gracias!", me dijo, y entendÃ: "¡Pobre JoaquÃn!" Él, Abel, él ni sé si me vio. "Comprendo tu sacrificio" —me dijo, por no callarse—. "No, no hay tal —le repliqué—; te dije que vendrÃa y vengo; ya ves que soy razonable; no podÃa faltar a mi amigo de siempre, a mi hermano."Debió de parecerle interesante mi actitud, aunque poco pictórica. Yo era allà el convidado de piedra.