Abel Sánchez
Abel Sánchez »No quiero recordar todo lo que sucedió aquel dÃa. Se despidieron de mà y fuéronse a su viaje de luna de miel. Yo me hundà en mis libros, en mi estudio, en mi clientela, que empezaba ya a tenerla. El despejo mental que me dio aquel golpe de lo ya irreparable, el descubrimiento de mà mismo de que no hay alma, moviéronme a buscar en el estudio, no ya consuelo —consuelo, ni lo necesitaba ni lo querÃa—, sino apoyo para una ambición inmensa. TenÃa que aplastar con la fama de mi nombre la fama, ya incipiente, de Abel; mis descubrimientos cientÃficos, obra de arte, de verdadera poesÃa, tenÃan que hacer sombra a sus cuadros. TenÃa que llegar a comprender un dÃa Helena que era yo, el médico, el antipático, quien habrÃa de darle aureola de gloria, y no él, no el pintor. Me hundà en el estudio. ¡Hasta llegué a creer que los olvidarÃa! ¡Quise hacer de la ciencia un narcótico y a la vez un estimulante!».