Abel Sánchez
Abel Sánchez —No, no quiero a Helena. Si fuese de otro no tendrÃa celos de ese otro. No, no quiero a Helena, la desprecio, desprecio a la pava real ésa, a la belleza profesional, a la modelo del pintor de moda, a la querida de Abel…
—¡Por Dios, JoaquÃn, por Dios…!
—SÃ, a su querida… legÃtima. ¿O es que crees que la bendición de un cura cambia un arrimo en matrimonio?
—Mira, JoaquÃn, que estamos casados como ellos…
—¡Como ellos, no, Antonia, como ellos, no! Ellos se casaron por rebajarme, por humillarme, por denigrarme; ellos se casaron para burlarse de mÃ; ellos se casaron contra mÃ.
Y el pobre hombre rompió en unos sollozos que le ahogaban el pecho, cortándole el respiro. Se creÃa morir.
—Antonia… Antonia… —suspiró con un hilito de voz apagada.
—¡Pobre hijo mÃo! —exclamó ella abrazándole.
Y le tomó en su regazo como a un niño enfermo, acariciándole. Y le decÃa: