Abel Sánchez
Abel Sánchez —Cálmate, mi JoaquĂn, cálmate… Estoy aquĂ yo, tu mujer, toda tuya y sĂłlo tuya. Y ahora que sĂ© del todo tu secreto, soy más tuya que antes y te quiero más que nunca… OlvĂdalos… desprĂ©cialos… HabrĂa sido peor que una mujer asĂ te hubiese querido…
—SĂ, pero Ă©l, Antonia, Ă©l…
—¡OlvĂdale!
—No puedo olvidarle… me persigue… su fama, su gloria me sigue a todas partes…
—Trabaja tĂş y tendrás fama y gloria, porque no vales menos que Ă©l. Deja la clientela, que no la necesitamos, vámonos de aquĂ a Renada, a la casa que fue de mis padres, y allĂ dedĂcate a lo que más te guste, a la ciencia, a hacer descubrimientos de Ă©sos y que se hable de ti… Yo te ayudarĂ© en lo que pueda… Yo harĂ© que no te distraigan… y serás más que Ă©l…
—No puedo, Antonia, no puedo; sus Ă©xitos me quitan el sueño y no me dejarĂan trabajar en paz… la visiĂłn de sus cuadros maravillosos se pondrĂa entre mis ojos y el microscopio y no me dejarĂa ver lo que otros no han visto aĂşn por Ă©l… No puedo… no puedo…
Y bajando la voz como un niño, casi balbuciendo como atontado por la caĂda en la sima de su abyecciĂłn, sollozĂł diciendo:
—Y van a tener un hijo, Antonia…