Abel Sánchez
Abel Sánchez —¡Ah!, pero ¿tú crees que los afortunados, los agraciados, los favoritos, no tienen culpa de ello? La tienen de no ocultar y ocultar como una vergüenza, que lo es, todo favor gratuito, todo privilegio no ganado por propios méritos, de no ocultar esa gracia en vez de hacer ostentación de ella. Porque no me cabe duda de que Abel restregarÃa a los hocicos de CaÃn su gracia, le azuzarÃa con el humo de sus ovejas sacrificadas a Dios. Los que se creen justos suelen ser unos arrogantes que van a deprimir a los otros con la ostentación de su justicia. Ya dijo quien lo dijera que no hay canalla mayor que las personas honradas…
—¿Y tú sabes —le preguntó Abel sobrecogido por la gravedad de la conversación— que Abel se jactara de su gracia?
—No me cabe duda, ni de que no tuvo respeto a su hermano mayor, ni pidió al Señor gracia también para él. Y sé más, y es que los abelitas han inventado el infierno para los cainitas porque si no su gloria les resultarÃa insÃpida. Su goce está en ver, libres de padecimiento, padecer a los otros…
—¡Ay, JoaquÃn, JoaquÃn, qué malo estás!
—SÃ, nadie es médico de sà mismo. Y ahora dame ese CaÃn de lord Byron, que quiero leerlo.
—¡Tómalo!
—Y dime, ¿no te inspira tu mujer algo para ese cuadro?, ¿no te da alguna idea?