Abel Sánchez
Abel Sánchez »¡Ojalá nunca hubiera vivido! —digo con aquel CaÃn—. ¿Por qué me hicieron? ¿Por qué he de vivir? Y lo que no me explico es cómo CaÃn no se decidió por el suicidio. HabrÃa sido el más noble comienzo de la historia humana. Pero ¿por qué no se suicidaron Adán y Eva después de la caÃda y antes de haber dado hijos? ¡Ah, es que entonces Jehová habrÃa hecho otros iguales y otro CaÃn y otro Abel! ¿No se repetirá esta misma tragedia en otros mundos, allá por las estrellas? Acaso la tragedia tiene otras representaciones, sin que baste el estreno de la tierra. Pero ¿fue estreno?
»Cuando leà cómo Luzbel le declaraba a CaÃn cómo era éste, CaÃn, inmortal, es cuando empecé con terror a pensar si yo también seré inmortal y si será inmortal en mà mi odio. "¿Tendré alma —me dije entonces—, será este mi odio alma?", y llegué a pensar que no podrÃa ser de otro modo, que no puede ser función de un cuerpo un odio asÃ. Lo que no habÃa encontrado con el escalpelo en otros lo encontré en mÃ. Un organismo corruptible no podÃa odiar como yo odiaba. Luzbel aspiraba a ser Dios, yo, desde muy niño, ¿no aspiré a anular a los demás? ¿Y cómo podÃa ser yo tan desgraciado si no me hizo tal el creador de la desgracia?
»Nada le costaba a Abel criar sus ovejas, como nada le costaba, a él, al otro, hacer sus cuadros; pero ¿a m�, a mà me costaba mucho diagnosticar las dolencias de mis enfermos.