Abel Sánchez
Abel Sánchez —Eso creerás tú, pero a mà me ha explicado el padre cómo vosotros, los hombres de ciencia, creéis no creer, pero creéis. Yo sé que las cosas que te enseñó tu madre, las que yo enseñaré a nuestra hija…
—¡Bueno, bueno, déjame!
—No, no te dejaré. Vete a confesarte, te lo ruego.
—¿Y qué dirán los que conocen mis ideas?
—¡Ah!, ¿es eso? ¿Son respetos humanos?
Mas la cosa empezó a hacer mella en el corazón de JoaquÃn, y se preguntó si realmente no creÃa y aun sin creer quiso probar si la Iglesia podrÃa curarle. Y empezó a frecuentar el templo, algo demasiado a las claras, como en son de desafÃo a los que conocÃan sus ideas irreligiosas, y acabó yendo a un confesor. Y una vez en el confesonario se le desató el alma.
—Le odio, padre, le odio con toda mi alma, y a no creer como creo, a no querer creer como quiero creer, le matarÃa…
—Pero eso, hijo mÃo, eso no es odio; eso es más bien envidia.
—Todo odio es envidia, padre, todo odio es envidia.
—Pero debe cambiarlo en noble emulación, en deseo de hacer en su profesión y sirviendo a Dios, lo mejor que pueda…