Abel Sánchez
Abel Sánchez —Porque los hombres soléis haceros beatos o a rastras de la mujer o escapando de ella…
—Hay quien escapa de la mujer, y no para ir a la iglesia precisamente.
—SÃ, ¿eh?
—SÃ, pero tu marido, que te ha venido con el cuento ése, no sabe algo más, y es que no sólo rezo en la iglesia…
—¡Es claro! Todo hombre devoto debe hacer sus oraciones en casa.
—Y las hago. Y la principal es pedir a la Virgen que me proteja y me salve.
—Me parece muy bien.
—¿Y sabes ante qué imagen pido eso?
—Si tú no me lo dices…
—Ante la que pintó tu marido…
Helena volvió la cara de pronto, enrojecida, al niño que dormÃa en un rincón del gabinete. La brusca violencia del ataque la desconcertó. Mas reponiéndose dijo:
—Eso me parece una impiedad de tu parte y prueba, JoaquÃn, que tu nueva devoción no es más que una farsa y algo peor…
—Te juro, Helena…
—El segundo: no jurar su santo nombre en vano.