Abel Sánchez
Abel Sánchez —Pues te juro, Helena, que mi conversión fue verdadera, es decir, que he querido creer, que he querido defenderme con la fe de una pasión que me devora…
—SÃ, conozco tu pasión.
—¡No, no la conoces!
—La conozco. No puedes sufrir a Abel.
—Pero ¿por qué no puedo sufrirle?
—Eso tú lo sabrás. No has podido sufrirle nunca, ni aun antes de que me lo presentases.
—¡Falso!… ¡Falso!
—¡Verdad! ¡Verdad!
—¿Y por qué no he de poder sufrirle?
—Pues porque adquiere fama, porque tiene renombre… ¿No tienes tú clientela? ¿No ganas con ella?
—Pues mira, Helena, voy a decirte la verdad, toda la verdad. ¡No me basta con eso! Yo querrÃa haberme hecho famoso, haber hallado algo nuevo en mi ciencia, haber unido mi nombre a algún descubrimiento cientÃfico…
—Pues ponte a ello, que talento no te falta.
—Ponerme a ello… ponerme a ello… HabrÃame puesto a ello, sÃ, Helena, si hubiese podido haber puesto esa gloria a tus pies…
—¿Y por qué no a los de Antonia?
—¡No hablemos de ella!