Abel Sánchez
Abel Sánchez —¡Ah, pero has venido a esto! ¿Has espiado el que mi Abel —y recalcó el mi— estuviese fuera para venir a esto?
—Tu Abel… tu Abel…; ¡valiente caso hace de ti tu Abel!
—¿Qué? ¿También delator, acusique, soplón?
—Tu Abel tiene otras modelos que tú.
—¿Y qué? —exclamó Helena, irguiéndose—. ¿Y qué, si las tiene? ¡Señal de que sabe ganarlas! ¿O es que también de eso le tienes envidia? ¿Es que no tienes más remedio que contentarte con… tu Antonia? ¡Ah!, ¿y porque él ha sabido buscarse otras vienes tú aquà hoy a buscarte otra también? ¿Y vienes asÃ, con chismes de éstos? ¿No te da vergüenza, JoaquÃn? QuÃtate, quÃtate de ahÃ, que me da bascas sólo el verte.
—¡Por Dios, Helena, que me estás matando…, que me estás matando!
—Anda, vete, vete a la iglesia, hipócrita, envidioso; vete a que tu mujer te cure, que estás muy malo.
—¡Helena, Helena, que tú sola puedes curarme! ¡Por cuanto más quieras, Helena, mira que pierdes para siempre a un hombre!
—Ah, ¿y quieres que por salvarte a ti pierda a otro, al mÃo?