Abel Sánchez

Abel Sánchez

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—Te digo —le decía Joaquín a su mujer— que es mejor, mucho mejor que tengamos una hija sola, que no tengamos que repartir el cariño…

—Dicen que cuanto más se reparte crece más…

—No creas así. ¿Te acuerdas de aquel pobre Ramírez, el procurador? Su padre tenía dos hijos y dos hijas y pocos recursos. En su casa no se comía sino sota, caballo y rey, cocido, pero no principio; sólo el padre, Ramírez padre, tomaba principio, del cual daba alguna vez a uno de los hijos y a una de las hijas, pero nunca a los otros. Cuando repicaban gordo, en días señalados, había dos principios para todos y otro además para él, el amo de la casa, que en algo había de distinguirse. Hay que conservar la jerarquía. Y a la noche, al recogerse a dormir Ramírez padre daba siempre un beso a uno de sus hijos y a una de las hijas, pero no a los otros dos.

—¡Qué horror! ¿Y por qué?

—Qué sé yo… Le parecerían más guapos los preferidos…

—Es como lo de Carvajal, que no puede ver a su hija menor…

—Es que le ha llegado la última, seis años después de la anterior y cuando andaba mal de recursos. Es una nueva carga, e inesperada. Por eso le llaman la intrusa.

—¡Qué horrores, Dios mío!


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