Del sentimiento trágico de la vida
Del sentimiento trágico de la vida La voluntad y la inteligencia se necesitan, y a aquel viejo aforismo de nihil volitum quin praecognitum, no se quiere nada que no se haya conocido antes, no es tan paradójico como a primera vista parece retrucarlo diciendo nihil cognitum quin praevolitum, no se conoce nada que no se haya antes querido. «El conocimiento mismo del espÃritu como tal —escribe Vinet en su estudio sobre el libro de Cousin acerca de los Pensamientos de Pascal—, necesita del corazón. Sin el deseo de ver, no se ve; es una gran materialización de la vida y del pensamiento, no se cree en las cosas del espÃritu.» Ya veremos que creer es, en primera instancia, querer creer.
La voluntad y la inteligencia buscan cosas opuestas: aquella, absorber al mundo en nosotros, apropiárnoslo; y esta, que seamos absorbidos en el mundo. ¿Opuestas?
¿No son más bien una misma cosa? No, no lo son, aunque lo parezca. La inteligencia es monista o panteÃsta, la voluntad es monoteÃsta o egotista. La inteligencia no necesita algo de ella en que ejercerse; se funde con las ideas mismas, mientras que la voluntad necesita materia. Conocer algo, es hacerme aquello que conozco, pero para servirme de ello, para dominarlo, ha de permanecer distinto a mÃ.