La TÃa Tula
La TÃa Tula Fue con RamirÃn aprendiendo todo lo que él tenÃa que aprender, pues le tomaba a diario las lecciones. Y asà satisfacÃa aquella ansia por saber que desde niña le habÃa aquejado y que hizo que su tÃo le comparase alguna vez con Eva. Y de entre las cosas que aprendió con su sobrino y para enseñárselas, pocas le interesaron más que la geometrÃa. ¡Nunca lo hubiese ella creÃdo! Y es que en aquellas demostraciones de la geometrÃa, ciencia árida y frÃa al sentir de los más, encontraba Gertrudis un no sabÃa qué de luminosidad y de pureza. Años después, ya mayor RamirÃn, y cuando el polvo que fue la carne de su tÃa reposaba bajo tierra, sin luz de sol, recordaba el entusiasmo con que un dÃa de radiante primavera le explicaba cómo no puede haber más que cinco y sólo cinco poliedros regulares; tres formados de triángulos: el tetraedro, de cuatro; el octaedro, de ocho, y el icosaedro, de veinte; uno de cuadrados: el cubo, de seis, y uno de pentágonos: el dodecaedro, de doce. «Pero ¿no ves qué claro?», me decÃa —contaba el sobrino—, «¿no lo ves?, sólo cinco y no más, ¡qué bonito! Y no puede ser de otro modo, tiene que ser asû, y al decirlo me mostraba los cinco modelos en cartulina blanca, blanquÃsima, que ella misma habÃa construido, con sus santas manos, que eran prodigiosas para toda labor, y parecÃa como si acabase de descubrir por sà misma la ley de los cinco poliedros regulares…, ¡pobre tÃa Tula! Y recuerdo que como a uno de aquellos modelos geométricos le cayera una mancha de grasa, hizo otro, porque decÃa que con la mancha no se veÃa bien la demostración. Para ella la geometrÃa era luz y pureza.