La TÃa Tula
La TÃa Tula En cambio huyó de enseñarle anatomÃa y fisiologÃa. «Esas son porquerÃas —decÃa— y en que nada se sabe de cierto ni de claro».
Y lo que sobre todo acechaba era el alborear de la pubertad en su sobrino. QuerÃa guiarle en sus primeros descubrimientos sentimentales y que fuese su amor primero el último y el único. «Pero ¿es que hay un primer amor?», se preguntaba a sà misma sin acertar a responderse.
Lo que más temÃa eran las soledades de su sobrino. La soledad, no siendo a toda luz, la temÃa. Para ella no habÃa más soledad santa que la del sol y la de la Virgen de la Soledad cuando se quedó sin su Hijo, el Sol del EspÃritu. «Que no se encierre en su cuarto —pensaba—, que no esté nunca, a poder ser, solo; hay soledad que es la peor compañÃa; que no lea mucho, sobre todo, que no lea mucho; y que no se esté mirando grabados». No temÃa tanto para su sobrino a lo vivo cuanto a lo muerto, a lo pintado. «La muerte viene por lo muerto», pensaba.