La Tía Tula
La Tía Tula Confesábase Gertrudis con el confesor de Ramirín, y era para, dirigiendo al director del muchacho en la dirección de este, ser ella la que de veras le dirigiese. Y por eso en sus confesiones hablaba más que de sí misma de su hijo mayor, como le llamaba. «Pero es, señora, que usted viene aquí a confesar sus pecados y no los de otros», le tuvo que decir alguna vez el padre Álvarez, a lo que ella contestó: «Y si ese chico es mi pecado …».
Cuando una vez creyó observar en el muchacho inclinaciones ascéticas, acaso místicas, acudió alarmada al padre Alvarez.
—¡Eso no puede ser, padre!
—Y si Dios le llamase por ese camino…
—No, no le llama por ahí; lo sé, lo sé mejor que usted y desde luego mejor que él mismo; eso es… la sensualidad que se le despierta…
—Pero, señora…
—Sí, anda triste, y la tristeza no es señal de vocación religiosa. ¡Y remordimiento no puede ser! ¿De qué …?
—Los juicios de Dios, señora…
—Los juicios de Dios son claros. Y esto es oscuro. Quítele eso de la cabeza. ¡Él ha nacido para padre y yo para abuela!
—¡Ya salió aquello!
—¡Sí, ya salió aquello!