La TÃa Tula
La TÃa Tula Don Primitivo autorizó y bendijo la boda de Ramiro con Rosa. Y nadie estuvo en ella más alegre que lo estuvo Gertrudis. A tal punto, que su alegrÃa sorprendió a cuantos la conocÃan, sin que faltara quien creyese que tenÃa muy poco de natural.
Fuéronse a su casa los recién casados, y Rosa reclamaba a ella de continuo la presencia de su hermana. Gertrudis le replicaba que a los novios les convenÃa soledad.
—Pero si es al contrario, hija, si nunca he sentido más tu falta; ahora es cuando comprendo lo que te querÃa.
Y ponÃase a abrazarla y besuquearla.
—SÃ, sà —le replicaba Gertrudis sonriendo gravemente—; vuestra felicidad necesita de testigos; se os acrecienta la dicha sabiendo que otros se dan cuenta de ella.
Ãbase, pues, de cuando en cuando a hacerles compañÃa; a comer con ellos alguna vez. Su hermana le hacÃa las más ostentosas demostraciones de cariño, y luego a su marido que, por su parte, aparecÃa como avergonzado ante su cuñada.
—Mira —llegó a decirle una vez Gertrudis a su hermana ante aquellas señales—, no te pongas asÃ, tan babosa. No parece sino que has inventado lo del matrimonio.
Un dÃa vio un perrito en la casa.
