La TĂa Tula
La TĂa Tula Ramiro se sobrecogĂa al oĂrse llamar hijo por su cuñada, que rehuĂa darle su nombre, mientras Ă©l, en cambio, se complacĂa en llamarla por el familiar Tula.
—¡Qué bien has hecho en no casarte, Tula!
—¿De veras? —y levantando los ojos se los clavó en los suyos.
—De veras, sĂ. Todo son trabajos y aun peligros…
—¿Y sabes tĂş acaso si no me he de casar todavĂa?
—Claro. ¡Lo que es por la edad!
—¿Pues por qué ha de quedar?
—Como no te veo con afición a ello…
—¿Afición a casarse? ¿Qué es eso?
—Bueno; es que…
—Es que no me ves buscar novio, ¿no es eso?
—No, no es eso.
—SĂ, eso es.
—Si tĂş los aceptaras, de seguro que no te habrĂan faltado…
—Pero yo no puedo buscarlos. No soy hombre, y la mujer tiene que esperar y ser elegida. Y yo, la verdad, me gusta elegir, pero no ser elegida.
—¿Qué es eso de que estáis hablando? —dijo Rosa acercándose y dejándose caer abatida en un sillón.