La TÃa Tula
La TÃa Tula —¡Déjame! ¡Déjame! ¡Vete al lado de tu mujer, que se muere de un momento a otro; vete que allà es tu puesto, y déjame con el niño!
—Pero, Tula…
—Déjame, te he dicho. Vete a verla morir; a que entre en la otra vida en tus brazos; ¡vete! ¡Déjame!
Ramiro se fue. Gertrudis tomó a su sobrinillo, que no hacÃa sino gemir; encerróse con él en un cuarto y sacando uno de sus pechos secos, uno de sus pechos de doncella, que arrebolado todo él le retemblaba como con fiebre. Le retemblaba por los latidos del corazón —era el derecho—, puso el botón de ese pecho en la flor sonrosada pálida de la boca del pequeñuelo. Y este gemÃa más estrujando entre sus pálidos labios el conmovido pezón seco.
—Un milagro, Virgen SantÃsima —gemÃa Gertrudis con los ojos velados por las lágrimas—; un milagro, y nadie lo sabrá, nadie.
Y apretaba como una loca al niño a su seno.
Oyó pasos y luego que intentaban abrir la puerta. Metióse el pecho, lo cubrió, se enjugó los ojos y salió a abrir. Era Ramiro, que le dijo:
—¡Ya acabó!
—Dios la tenga en su gloria. Y ahora, Ramiro, a cuidar de estos.
—¿A cuidar? Tú…, tú…, porque sin ti…
—Bueno; ahora a criarlos, te digo.