La Tía Tula

La Tía Tula

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Pero Ramiro, que llevaba el alma toda a flor de los ojos, no creyó ver más que a Rosa, y a Rosa se dirigió desde luego.

—¿Sabes que me ha escrito? —le dijo esta a su hermana.

—Sí, vi la carta.

—¿Cómo? ¿Que la viste? ¿Es que me espías?

—¿Podía dejar de haberla visto? No, yo no espío nunca, ya lo sabes, y has dicho eso no más que por decirlo…

—Tienes razón, Tula; perdónamelo.

—Sí, una vez más, porque tú eres así. Yo no espío, pero tampoco oculto nunca nada. Vi la carta.

—Ya lo sé; ya lo sé…

—He visto la carta y la esperaba.

—Y bien, ¿qué te parece —de Ramiro?

—No le conozco.

—Pero no hace falta conocer a un hombre para decir lo que le parece a una de él.

—A mí, sí.

—Pero lo que se ve, lo que está a la vista…

—Ni de eso puedo juzgar sin conocerle.

—¿Es que no tienes ojos en la cara?

—Acaso no los tenga así …; ya sabes que soy corta de vista.

—¡Pretextos! Pues mira, chica, es un guapo mozo.


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