La TÃa Tula
La TÃa Tula Pero él buscaba acercarse a ella, hasta rozarla. Y alguna vez le tuvo que decir en la mesa:
—No me mires asÃ, que los niños ven.
Por las noches solÃa hacerles rezar por mamá Rosa, por mamita, para que Dios la tuviese en su gloria. Y una noche, después de este rezo y hallándose presente el padre, añadió:
—Ahora, hijos mÃos, un padrenuestro y avemarÃa por papá también.
—Pero papá no se ha muerto, mamá Tula.
—No importa, porque se puede morir…
—Eso, también tú.
—Es verdad; otro padrenuestro y avemarÃa por mà entonces.
Y cuando los niños se hubieron acostado, volviéndose a su cuñado le dijo secamente:
—Esto no puede ser asÃ. Si sigues sin reportarte tendré que marcharme de esta casa aunque Rosa no me lo perdone desde el cielo.
—Pero es que…
—Lo dicho; no quiero que ensucies asÃ, ni con miradas, esta casa tan pura y donde mejor pueden criarse las almas de tus hijos. Acuérdate de Rosa.
—¿Pero de qué crees que somos los hombres?
—De carne y muy brutos.
—¿Y tú, no te has mirado nunca?