La TÃa Tula
La TÃa Tula A solas, cuando Ramiro estaba ausente del hogar, cogÃa al hijo de este y de Rosa, a RamirÃn, al que llamaba su hijo, y se lo apretaba al seno virgen, palpitante de congoja y henchido de zozobra. Y otras veces se quedaba contemplando el retrato de la que fue, de la que era todavÃa su hermana y como interrogándole si habÃa querido, de veras, que ella, que Gertrudis, le sucediese en Ramiro. «SÃ, me dijo que yo habrÃa de llegar a ser la mujer de su hombre, su otra mujer —se decÃa—, pero no pudo querer eso, no, no pudo quererlo…; yo, en su caso, al menos, no lo habrÃa querido, no podrÃa haberlo querido… ¿De otra? ¡No, de otra no! Ni después de mi muerte… Ni de mi hermana… ¡De otra, no! No se puede ser más que de una… No, no pudo querer eso; no pudo querer que entre él, entre su hombre, entre el padre de sus hijos y yo se interpusiese su sombra… No pudo querer eso. Porque cuando él estuviese a mi lado, arrimado a mÃ, carne a carne, ¿quién me dice que no estuviese pensando en ella? Yo no serÃa sino el recuerdo… ¡algo peor que el recuerdo de la otra! No, lo que me pidió es que impida que sus hijos tengan madrastra. ¡Y lo impediré! Y casándome con Ramiro, entregándole mi cuerpo, y no sólo mi alma, no lo impedirÃa… Porque entonces sà que serÃa madrastra. Y más si llegaba a darme hijos de mi carne y de mi sangre…». Y esto de los hijos de la carne hacÃa palpitar de sagrado terror el tuétano de los huesos del alma de Gertrudis, que era toda maternidad, pero maternidad de espÃritu.