La TÃa Tula
La TÃa Tula —¿A mÃ? ¿Antes? ¿Cuando nos conoció? No hablemos ya más, padre, que no podemos entendernos, pues veo que hablamos lenguas diferentes. Ni yo sé la de usted ni usted sabe la mÃa.
Y dicho esto, se levantó de junto al confesonario. Le costaba andar; tan doloridas le habÃan quedado del arrodillamiento las rodillas. Y a la vez le dolÃan las articulaciones del alma y sentÃa su soledad más hondamente que nunca. «¡No, no me entiende —se decÃa—, no me entiende; hombre al fin! Pero ¿me entiendo yo misma? ¿Es que me entiendo? ¿Le quiero o no le quiero? ¿No es soberbia esto? ¿No es la triste pasión solitaria del armiño, que por no mancharse no se echa a nado en un lodazal a salvar a su compañero …? No lo sé… no lo sé…».