La Tía Tula

La Tía Tula

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—¡Pero señora! —clamó Manuela a la vez que Ramiro clamaba: «¡Pero Gertrudis!».

—Lo he dicho, se casará contigo; así lo quiere Rosa. No es posible dejarte así. Porque tú estás ya…, ¿no es eso?

—Creo que sí, señora; pero yo…

—No llores así ni hagas juramentos; sé que no es tuya la culpa…

—Pero se podría arreglar…

—Bien sabe aquí Manuela —dijo Ramiro— que nunca he pensado en abandonarla… Yo le colocaría…

—Sí, señora, sí; yo me contento…

—No, tú no debes contentarte con eso que ibas a decir. O mejor, aquí Ramiro no puede contentarse con eso. Tú te has criado en el hospicio, ¿no es eso?

—Sí, señora.

—Pues tu hijo no se criará en él. Tiene derecho a tener padre, a su padre, y le tendrá. Y ahora vete…, vete a tu cuarto, y déjanos.

Y cuando quedaron Ramiro y ella a solas:

—Me parece que no dudarás ni un momento…

—¡Pero eso que pretendes es una locura, Gertrudis!

—La locura, peor que locura, la infamia, sería lo que pensabas.

—Consúltalo siquiera con el padre Álvarez.

—No lo necesito. Lo he consultado con Rosa.


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