La TÃa Tula
La TÃa Tula —¿Que les dé madrastra?
—¡No, eso no!, que aquà estoy yo para seguir siendo su madre. Pero que des padre al que haya de ser tu nuevo hijo, y que le des madre también. Esa hospiciana tiene derecho a ser madre, tiene ya el deber de serlo, tiene derecho a su hijo, y al padre de su hijo.
—Pero Gertrudis…
—Cásate con ella, te he dicho; y te lo dice Rosa. Sà —y su voz, serena y pastosa, resonó como una campana—. Rosa, tu mujer, te dice por mi boca que te cases con la hospiciana. ¡Manuela!
—¡Señora! —se oyó como un gemido, y la pobre muchacha, que acurrucada junto al fogón, en la cocina, habÃa estado oyéndolo todo, no se movió de su sitio. Volvió a llamarla, y después de otro «¡Señora!», tampoco se movió.
—Ven acá, o iré a traerte.
—¡Por Dios! —suplicó Ramiro.
La muchacha apareció cubriéndose la llorosa cara con las manos.
—Descubre la cara y mÃranos.
—¡No, señora, no!
—SÃ, mÃranos. Aquà tienes a tu amo, a Ramiro, que te pide perdón por lo que de ti ha hecho.
—Perdón, yo, señora, y a usted…
—No, te pide perdón y se casará contigo.